La larva en el gluten

7/11/2007

El exilio de Agapito


Agapito fue desterrado del pueblo de Matas Pardas por haber fornicado ebrio con un puerco. La gente coincidió que semejante acto trascendía a lo que tradicionalmente se le llamaba obsceno y perverso. Don Cleto, dueño del cerdo, se mostró triste y molesto pues tenía la intención de regalar al animal a su sobrina Eufemia con motivo de su próximo matrimonio. Sin embargo, el desdichado y ultrajado gruñente adquirió una infamia de magnitud sin precedentes en el pueblo por lo que la opción de darlo como obsequio se desplomó.
El sacerdote Filipo aclaró a todos los feligreses que lo sucedido era un pecado mortal pues si bien no había un mandamiento que específicamente prohibiera profanar las carnes porcinas, el hecho en sí “contenía la esencia oscura que incita al hombre a atentar contra la voluntad del Señor”. En un debate público donde participaron las máximas autoridades de Matas Pardas se concluyó con prontitud que la condición de orfandad que venía padeciendo Agapito desde su infancia había permitido que su mente y alma se trastornaran hasta el punto de adquirir una inconcebible atracción física por los animales de granja. De ahí que a los pocos días se dictara una ley que prohibiera a todo huérfano acercarse más de diez metros a cualquier hacienda o finca donde hubieran vacas, asnos, mulas, gallinas, caballos, cabras, perros, gatos o, por supuesto, cerdos.
Al momento de ser juzgado Agapito dijo en su defensa haber padecido de un maleficio conjurado por la bruja Asunción, cuyas prácticas esotéricas y vestimentas inusuales le habían hecho cierta fama de hechicera. La respuesta general ante semejante alegato fue una explosión de burlas y carcajadas. Si bien habían rumores maliciosos en donde se le achacaban actos sobrenaturales a la joven, nunca se aceptó que fueran más que trucos con hierbas y amuletos. Nadie creyó en la palabra de Agapito pues él mismo dudaba de la realidad después de lo acontecido.
Declaró titubeante el haber confundido al cerdo con la bella Carmelia, hija del acaudalado Don Toribio. Sobra decir que tal aseveración aceleró su proceso de exilio considerando que el acusado dio a entender que no hay mucha diferencia entre un puerco cubierto de inmundicia y la hija del mayor terrateniente de Matas Pardas.
Lo cierto es que la joven Asunción se había enamorado del desafortunado Agapito hacía ya varios años. Después de haberle hecho sutiles insinuaciónes de deseo y no haber sido correspondida, una noche lo esperó en la entrada de su casa completamente desnuda y se le acercó con la determinación de una leona enardecida. El deslumbrado muchacho, patidifuso y salivoso, le hizo saber mediante palabras atropelladas y nula elocuencia que su corazón pertencecía a la hija de Don Toribio. La despreciada pretendiente, después de arroparse con una velocidad felina, bañó en improperios a su renuente galán y le hizo notar que Carmelia jamás lo voltearía a ver ya que estaba comprometida con Rómulo, mozo de buen talante y heredero de una vasta fortuna. Agapito agachó su cabeza y dijo: “Ya me ganaré su corazón”. Asunción huyó a su casa ardiendo en furia y derramando lágrimas.
A la semana ocurrió el encuentro lúbrico entre Agapito y el puerco. Sucedió dentro del establo de Don Cleto una madrugada en que ebrio, retornaba a su casa después de haber bebido una botella de mezcal en la cantina de Ataulfo Carnitas. Creyó haber escuchado la voz de Carmelia exhortándolo a entrar al establo. Una vez dentro juró ver la imagen de la hermosa muchacha en paños menores. Al dar un par de pasos hacia ella ésta le dijo: “Tómame cual bestia feroz toma sus alimentos”.
En un instante Agapito se vio en pleno trance amoroso con la mujer de sus sueños. Ya en la cúspide del placer el estruendo causado por los gritos de Don Cleto lo hizo detenerse: “¿Pero qué carajos estás haciendo muchacho enfermo y pendejo?”. Rápidamente se puso de pie y al voltear para ver la reacción de Carmelia no vio más que a un pobre cerdo recostado gruñendo de dolor.En cuestión de minutos Agapito fue arrestado y llevado a una celda en espera de su juicio, el cual duró tres días. Antes que terminara, Asunción visitó a su amado en prisón. Le confesó que ella era responsable de ese enredo, le explicó la elaborada pócima que fabricó, de cómo sobornó al cantinero Ataulfo para que mezclara su bebida con el mezcal que le dio. Finalmente le hizo saber que fue su poción la que ocasionó que viera al cerdo de Don Cleto como Carmelia. Agapito no se alteró y le dijo que se marchara. Ella quebrada en llanto le pidió su perdón pero él respondió: “ Lárgate ya, que nunca te voy a amar”.
Dos días después que Agapito se fue de Matas Pardas para siempre Don Cleto encontró el cuerpo sin vida de Asunción en el establo. Tenía un puñal clavado en su corazón y una nota que decía: “ Muero donde creíste amar”.


FIN

El pintor de Burundi escribe



El pintor de Burundi escribe:


No sé de mí. Sólo sé que soy pintor y precisamente pintaba al momento de mi arresto. Las molestias que mi arte causó aun no las entiendo. Lo que hacía era retratar una pequeña parte de nuestra triste historia. A falta de lienzo, conseguí una amplia pared que ahora resulta ser propiedad del gobierno. Soy pobre, muy pobre y familia no tengo. No recuerdo haber tenido una. Lo cierto es que un pintor sin pinturas es una verdadera tragedia, casi tan grande como la que retraté. Ahora en retrospectiva, creo que fue el origen de mis recursos lo que los molestó.Convertí aquél muro, monótono y deprimente, en dolorosa belleza. Plasmé el grito de mi pueblo, el grito perdido, sobre ese vulgar cemento. Tutsis matando Hutus. Hutus matando Tutsis. El sol rojo sobre nosotros, que en verdad es un ojo de dios. Llora al vernos y sus lágrimas toman el color de nuestra sangre. Arde el odio y se pasa de padre a hijo. Por eso me alegro de no tener padre ni etnia. Yo nací de la tierra, como los árboles. Encerrado por el gobierno en este cuarto verde y oscuro, me doy cuenta de la magia que hay en sus paredes. Su mugre me cuenta historias negras. De madres violadas, de niños bastardos, asesinados antes que abrieran sus ojos. De hombres quebrados, privados de miembros y dignidad. Muertes. Lloro mucho y debo pintar. ¿Con qué pinto? Pues con lo mismo que pinté el día de mi arresto.Supe que en ese muro debía plasmar la tragedia entre Tutsis y Hutus, mostrar la pena que se convirtió en mil fantsmas. ¿Con qué pinto? El óleo es muy artificial y pomposo. El acrílico no es para los pobres y hace a los colores vacíos. El gouache es opaco y engañoso. No. Esto amerita algo nuevo. Algo que denote furia y desprecio. Sórdidez y podredumbre. Así que defequé. Para obtener un viscoso y pardusco óleo, un fétido acrílico, lodoso gouache. Con eso cobró vida en horrible cemento la danza cruenta de dos etnias y el llanto negro de mi patria. Dios nos vio. Jamás nos perdonará. Aquí prisionero, en un hospital para dementes, me entiendo con muros hechizados que con mugre me narran lamentos. Los fantasmas reclaman oídos que alberguen sus llantos. Yo pintaré tragedias por siempre, en paredes mágicas y con pintura fecal. Que apeste, que dé vergüenza, que se entienda execrable. Y ninguna mirada ha de huir de mis retratos ni de mis murales pues dios nos ha visto. Jamás se lo perdonará.

FIN

6/08/2006

La noche que espera


La noche que espera.

Agripina se pregunta dónde dormirá hoy mientras recoge las latas de aluminio. Limpia los residuos de vómito restregándolas contra su raída falda negra y las echa dentro de su costal a medio deshebrar. El sol de la mañana pega en su frente y ella no para de sudar. Las manchas de aceite en su agujerada blusa café comienzan a esparcirse sobre la maltrecha tela. Se le revienta en su pie izquierdo la tercera ampolla del día y esta vez le duele más que las anteriores. Piensa que sus huaraches de hule verde son muy pequeños y la lastiman. Lo bueno es que ya casi llena el costal de latas. Hurga un bote de basura y se exalta al ver la mitad de un plátano entre un pañal y un vaso de hielo seco. Con avidez lo toma y lo devora en segundos. Una efímera sensación de paz la abstrae sin embargo el estómago vuelve a gruñir al poco tiempo recordándole su agrio desamparo. Continúa buscando en el bote y encuentra otro envase de aluminio. Al hacer un esfuerzo para alzar el costal, siente cómo el fondo se desgarra y todas sus latas caen y se desperdigan en la calle y banqueta. Con coraje arroja el costal y se da un furioso sentón en el borde de la acera. Cubre su rostro con las manos, da un intenso suspiro y se sumerge en un llanto mudo. Escasas lágrimas se deslizan por sus terrosas mejillas y forman en su piel un triste lodo.

Momentos después decide que debe pedir ayuda a su hijo Ramiro. Siente miedo. La última vez que lo vio fue hace dos meses en el décimo cumpleaños de su nieto Josué. Aquella vez caminó quince kilómetros para llegar al barrio. Decidió no comer por dos días para poderle comprar un muñequito de regalo a Josué, uno de esos luchadores de plástico. Recuerda haber llegado muy temprano, todavía no había ningún invitado. Ramiro reparaba el techo de lámina de su casucha cuando la vio venir. De un brinco bajó e interceptó a su madre en la entrada. Le preguntó que qué hacía ahí, que quién la había invitado. Ella tartamudeó, se puso nerviosa, le mostró el regalo. Ramiro se lo arrebató y le dijo que ya se podía ir, que él se lo daría a Josué. Agripina le pidió que la dejara ver a su nieto pero él se rehusó, dijo que no quería que su hijito viera que su abuela era una vieja loca y pordiosera. Ella sintió que el corazón se le arrugaba, le recordó que era su madre y que lo quería, que lo extrañaba. Le cuestionó la razón por la cual él se avergonzaba de ella. Le explicó que era normal que a sus sesenta años tuviera momentos donde la vejez afectará su lucidez, que si ella era pordiosera se debía a que su esposo había muerto sin dejarle nada y su único hijo la rechazaba. Ramiro se enfureció, le gritó que se fuera y se dio media vuelta.

Desde aquel día Agripina siente un dolor en el pecho que no descansa. Además, tiene miedo de dormir. Todas las noches sufre la misma pesadilla. Sueña estar rodeada de víboras de ojos rojos que salen de su piel. Salen de ella y la muerden y se muerden entre ellas. En varias ocasiones ha despertado dando alaridos llena de terror. Pero eso no importa ya. Ahora tiene que volver con su hijo, rogar por su auxilio. Si no hace eso, morirá. Le espera un largo camino así que se reincorpora, se acomoda los huaraches y comienza su andar. Se desplaza con un pausado bamboleo ahora con el sol sobre su cabeza. Tiene los ojos entrecerrados ya que los fuertes rayos de luz rebotan con dureza en el asfalto de la avenida. Con voluntariosa parsimonia recorre kilómetro tras kilómetro soportando el dolor en sus pies, en su espalda y el ardor cada vez más intenso en el cuello. Por momentos siente marearse por el ruido del tráfico. El humo de los coches comienza a irritarle la vista y le causa un leve escozor en las fosas nasales. Pero Agripina camina, camina sin detenerse hacía el barrio de su hijo.

Con dificultad subió un puente peatonal que le ayudó a cruzar una violenta avenida. Atraviesa un largo y desolado parque que la envuelve en un sentimiento de abandono. Se dice a sí misma que la vida no es para estar sola, que debe reunirse con su familia, deben de entender eso, deben de entender su sufrimiento. Ya la tarde se termina y ella se encuentra a pocas cuadras del hogar de Ramiro. Un sigiloso efluvio de ilusión comienza a alborotar su corazón pero se interrumpe cuando su huarache derecho se revienta y ella pisa sobre varios vidrios color ámbar regados por la calle. Cojeando se mueve hacia un poste de luz cercano y se recarga. Levanta el pie ensangrentado y dando silenciosos gemidos de desesperación comienza a extraer los pedazos de vidrio que se incrustaron en su talón. Al terminar vuelve a pisar con delicadeza el suelo y continúa su camino pero no sin antes tomar el huarache roto, tal vez pueda arreglarlo después. Sigue su marcha moteado con sangre el asfalto y apretando duro los dientes para controlar el dolor. Finalmente tiene aquélla casucha de su hijo enfrente. El sol se esconde tras los cerros y el cielo se trona azul oscuro. Hay mucho silencio en el barrio. Ella avanza hacia la entrada y da amables golpes en la puerta. Ésta se abre y la recibe el pequeño Josué.

-Hola- le dice al niño, -¿Están tus papás?-
-No, salieron a misa- responde
-Ya veo Josué- Le lanza una mirada llena de ternura -¿Sabes quién soy?-
-No
-Soy tu abuelita-le dice con voz temblorosa

Los ojos del niño se fijan perplejos y deja de parpadear. Mira las ropas de aquélla anciana con asombro, ve en sus manos el huarache ensangrentado y encuentra en su mirada dolida un destello de alegría. Agripina nota el desconcierto de su nieto y se pone nerviosa.

-¿Abuelita?….- dice el niño impresionado
-Sí, soy tu abuelita, sólo que he estado enferma y me lastimé orita en la calle.-

Ella comienza a sentir mareos y a ponerse pálida. El niño se da cuenta y le dice que pase.

- Gracias mi hijito, eres muy educado- responde mientras entra cojeando a la casa.

Josué rápidamente trae un vaso con agua, hace que se siente en la cama de sus padres y comienza a lavarle el pie lastimado sin que ella se lo pidiera. La abuela observó a su nieto pasarle un trapo húmedo por sus heridas, notó en su rostro preocupación y cariño. Cuando sintió aquéllas manos cuidar de su pie, un alivio instantáneo rebosó de su cuerpo y Agripina se soltó en un inevitable llanto.

-¿Por qué llora abuelita, le duele mucho?- la cuestionó
- No mi hijito, es que llevo mucho tiempo sola y me emociona tanto verte. Estaba perdida- dijo sollozando
Josué le dio un fuerte abrazo y Agripina le lloró sobre su hombro.
- No hay nada más feo que no ser de ningún lado. No hay nada más feo que no saber dónde terminarás durmiendo cundo te caiga la noche.- agregó entre singultos

El niño le da amorosas palmadas en la espalda y le explica que va a ir a la farmacia por alcohol para sus cortadas, que no tardará. Agripina le dijo que no era para tanto pero Josué salió corriendo de la casa.

La anciana se recuesta en la cama y da un suspiro apacible. Olvida su angustia, su hambre y su sed. Respira con mucha tranquilidad y escucha que se abrió la puerta. Alza la mirada buscando a su nieto pero encuentra a Ramiro y a su esposa Eufemia con el rostro petrificado. Antes de que ella pueda decir cualquier cosa su hijo la toma del brazo y a estirones la saca del cuarto. Su nuera la arremete a insultos, finge indignación por el atrevimiento de su suegra. Agripina tartamudea, se asusta, explica, les pide ayuda y llora. Ramiro enfurece y le da una fuerte bofetada que la deja tirada en el suelo. Eufemia a gritos le pide a su esposo que la saque de su casa, que no quiere a gente mugrosa adentro. Ramiro intenta cargarla pero no puede y encolerizado le aclara que ella nunca volverá a ver a su nieto.

En ese momento Agripina sin saber si sueña o si está conciente, comienza a escuchar a las víboras de sus pesadillas. Siente el oscilar de sus lenguas bífidas dentro de ella. El cuerpo de Agripina comienza a dar impetuosos espasmos. Eufemia piensa que la anciana está agonizando. Marido y mujer se acercan perturbados a ver qué sucede con esa mujer que se revuelca dando horribles convulsiones. Súbitamente, un sonoro alarido sale de la boca de Agripina. Ella comienza a levitar frente a ellos y a transformarse. Ven a sus manos convertirse en grandes garras, su cuerpo ensancharse y crecer hasta tomar la forma de un reptil bípedo. Su piel se llena de anchas escamas negras y de sus encías nacen unos largos colmillos afilados. Su lengua se torna gris, enorme y su punta bifurca en dos divisiones carnosas que ondulan con avidez. Los ojos se vuelven amigdaloides y feroces, centellean una luz rojiza. Sus cabellos comienzan a caer y en su lugar brotan víboras verdes que se mueven en delirio caótico dando mordidas al aire. Repentinamente suelta un rugido ensordecedor. De su espalda surgen dos gigantescas alas implumes semejantes a la de un murciélago que abarcan de pared a pared y arrinconan al matrimonio. Ramiro en arrebatado pavor se echa en una esquina de la casa y se cubre el rostro con sus brazos. Eufemia queda estática y observa a los ojos de la criatura, que ahora brillan con un rojo denso y cegador. No puede moverse y siente entrar por sus ojos un ardor que se esparce velozmente por su ser. Lentamente escucha cómo todos los huesos de su cuerpo comienzan a quebrarse sin que pueda mover un solo dedo ni dar un pequeño grito. Todo en ella es dolor hasta que finalmente sus entrañas endurecen y se convierte en piedra. Ramiro no se mueve de su esquina ni se atreve a voltear. Sólo llora y dice que eso no puede estar pasando. La criatura lo agarra y alza enterrándole las garras entre sus costillas. Él lanza un demencial chillido pero se niega a mirarla. Ella acerca su rostro al de su víctima y las cruentas víboras de su cabeza devoran los ojos de Ramiro. Grita y se sacude desesperado entre los poderosos brazos de la criatura pero todo fue fútil. Con un iracundo desplante final la bestia arranca los brazos a Ramiro y lo azota mortalmente contra la pared. La criatura comienza a dar golpes a los muros derrumbándolos, desahogando así su incontenible furia.

Josué se aproxima a su casa y escucha salir de ella un espantoso rugido que alarma a todo el barrio. Da un paso más y ve su hogar derrumbarse. Asustado se aproxima a los escombros y ve el rostro de su padre sin ojos, cubierto por piedras de concreto. Se aleja con miedo y tropieza. Frente a él queda el anillo de matrimonio de su madre cubierto en sangre. Comienza a llorar y se pone de pie. Avanza al otro extremo del derrumbe y ve que el cuerpo de su abuela yace sin vida junto a una serpiente. Corre desconcertado hacia la calle y llora por su papá, su mamá, su abuela y su casa. La gente comienza a rodear lo que antes era la casucha de Ramiro y Eufemia mientras que Josué, con la cara cubierta de lágrimas, siente soledad, mira hacia el cielo y se pregunta dónde dormirá esta noche.

FIN

5/16/2006

El sonar de las chicharras


El sonar de las chicharras

Uno

Es de madrugada, las chicharras suenan y yo no duermo. Maldita sea. Ya son tres noches sin dormir. Tres noches donde su chirriante aleteo es lo único que escucho. Si pudiera soñar, seguro tendría pesadillas con ese ruido insoportable. Hace calor y estoy envuelto en sudor aceitoso. No iré a trabajar mañana. No puedo presentarme así. Llamaré temprano a la oficina y pediré mi semana de vacaciones. Sí, eso haré, luego empacaré, saldré de este departamento, iré lejos y cuando regrese probablemente las endemoniadas cigarras ya se habrán ido. Astuto, muy astuto. Por lo menos más que las chicharras. Asquerosos insectos. Cómo se atreven rodear mi casa, invadir todo árbol a los alrededores y hacer ese escándalo. Lo peor es que cada día llegan más. Por momentos creo que me desafían, sucias criaturas, agitando sus repugnantes alas membranosas. ¿Para qué existen? Los expertos dicen que son parte del delicado equilibrio de la naturaleza pero para mi esas son cojudeces. ¿Qué saben los expertos? ¿Expertos de qué? ¿De insectos? ¿De cigarras? Por favor. ¿Qué profesión es esa? No hay razón válida para defender a bichos tan aborrecibles. Desde niño los odiaba. Batallaba para comprender qué era un insecto. No eran como una planta, no eran como los animales del zoológico. Para mí eran seres mitad planta, mitad animal. Una aberración. Y ahora los tengo aquí, cercando mi hogar, quitándome el sueño.

Dos

Hablé al trabajo, le pedí al jefe mis vacaciones y a regañadientes accedió. Maldito explotador. Todo iba de acuerdo al plan. La maleta estaba hecha, el destino sería alguna playa y al regresar, no más cigarras. Sin embargo, ahora que me encuentro fuera de mi departamento, con las llaves en mis manos, observo que sobre mi carro hay unas diez chicharras caminando con lentitud. Cuatro en el cofre y seis en el techo. Siento que la piel se me hace de gallina al ver cómo esas sabandijas se desplazan sobre mi automóvil. Doy un paso hacia el vehículo y me doy cuenta que esos animalillos me miran con hostilidad. Nunca he escuchado de alguna cigarra que ataque a un humano pero ¿Cómo saber si en verdad no son peligrosas? Desde donde me encuentro puedo ver sus extraños aparatos bucales, unos estiletes que no dudo puedan lastimar a una persona. ¿Sabrán que las odio? ¿Y si al acercarme al automóvil hacen una especie de llamado al resto de las chicharras y éstas me atacan? Definitivamente podría pasar. Además, ¿Por qué habría de irme yo de mi casa cuando ellas son las invasoras? Y por si fuera poco me amenazan posándose sobre mi coche. Esto es el colmo. Jamás me iré, no se saldrán con la suya. Entraré de vuelta a mi departamento y verán cómo no podrán conmigo.

Tres

Otra noche sin dormir. Los aleteos se han vuelto ensordecedores. Intenté escuchar música clásica con mis audífonos pero fue inútil, el sonido de las chicharras encuentra la manera de llegar a mis oídos. En verdad creo que buscan enloquecerme. Siento un punzante dolor de cabeza que se ha hecho insoportable. Aspirinas, tomo muchas aspirinas, ahora son como dulces para mí. No recuerdo la última vez que probé alimento pero mi estómago comienza a gruñir. Agarré de la alacena una caja con cereal y justo cuando lo vaciaba en el plato una enorme cigarra cayó dentro. De un manotazo lo tiro al suelo y el insecto comienza a retorcerse desorientado y agita ocasionalmente sus alas. Segundos después entiendo que las criaturas esas ya están dentro de mi departamento. Debo actuar rápido. Es imposible determinar cuántas han entrado ya y dónde están. Me encerraré en mi cuarto, sí, eso debo hacer. Pondré una toalla debajo de la puerta y no habrá manera de que entren. Tomaré el insecticida para protegerme. No moriré asesinado por las cigarras.

Cuatro

Creo llevar dos días ya encerrado en mi cuarto obviamente sin dormir. Tapé la ventana acercando un buró de madera y colocando sobre él, ladeado, el colchón de mi cama. No quiero que me sigan observando las chicharras. Llamé a la compañía de control de plagas pero cuando les dije que unas cigarras querían matarme me colgaron. Malditos incompetentes. Llamaría a la policía pero no dudo que tampoco me creerían. No hay persona ni institución en esta mugrienta sociedad que pueda rescatarme, todo depende de mí. Siempre ha sido así. Gobiernos, los maldigo. ¿Cuándo han resuelto algo los gobernantes? Toda mi vida he pagado impuestos, dinero que me ha costado tanto esfuerzo, y ¿ Para qué? Para volverme en un triste peón que sostiene a ese sistema déspota, inhumano, que me miente y ahora abandona a la merced de unos demenciales bichos. Pero soy fuerte, saldré airoso de este problema. Ya no me quedan más aspirinas sin embargo he descubierto que si revuelvo jarabe para la tos con algunas píldoras antigripales el efecto curativo es el mismo. Creo que la falta de sueño ha hecho a mi cerebro más poderoso.

Cinco

¿Cuántos días han pasado ya? No importa. El tiempo ya no tiene trascendencia sobre mi mente ni mi cuerpo. Ya no necesito dormir. Soy poseedor de un impresionante torrente de lucidez. Logré preparar un brebaje a base de los medicamentos que hay en mi cuarto que me permite comprender el lenguaje de las chicharras. Las he escuchado y ellas me dicen que quieren infestar el planeta, quieren acabar conmigo y con el resto de la humanidad. Creo entender finalmente la situación: he tenido una revelación, yo soy un Mesías. Esta plaga la manda Dios sobre la tierra para darnos una lección y yo soy el salvador que debe rescatar al hombre de la ira del Señor. Oh sí, todo es tan claro ahora. Debo meditar, elevar mi espíritu para encontrar la solución pues yo soy el elegido. Tomaré más pastillas y jarabes, debo comunicarme con las cigarras, advertirles de mi fuerza, que sepan que a través de mí se manifiesta un poder divino.

Seis

El fuego, el fuego simboliza la presencia del Señor. Mediante el fuego salvaré al mundo de la peor plaga jamás vista en la historia. Me desnudé, tomé mi sábana, la humedecí en alcohol y la enrollé en el palo de una escoba formando así una gran antorcha. La encendí con mis cerillos y le prendí fuego al colchón, al armario, salí del cuarto e incendié la sala y los árboles del patio. Todo para purificar mi hogar. Ya fuera de mí departamento puse a arder todos los árboles del parque que estaban llenos de cigarras. Me puse a admirar cómo las llamas envolvían y salvaban mi domicilio y el de los vecinos. A lo lejos, escucho el sonido de las sirenas, de bomberos y policías, pero que bien podrían ser las trompetas de los ángeles celestiales, festejando la salvación de la humanidad. Doradas y hermosas trompetas cuya música me llena de alegría pues soy capaz de apreciar su belleza ahora que las chicharras han callado para siempre.

FIN

5/01/2006

La gran fábula de: Herbert, El sapo obeso


Herbert: El sapo obeso.

Herbert siempre ha sido un sapo muy obeso y lo sabe. La infancia fue muy difícil para él debido a que la chusca redondez de su barriga sirvió como punto de partida para inagotables burlas por parte de sus compañeritos del estanque. Y no era para menos pues si bien poseía una profusa papada, ésta pasaba desapercibida ya que los dominios de su colosal barriga se expandieron y la absorbieron formando lo que los sapos de la localidad denominarían como la mítica: paparriga. (Palabra híbrida entre papada y barriga). La obscena exhuberancia de sus verdes carnes llegaron al grado de interferir con la capacidad física más básica que un sapo puede tener: brincar. Mientras los jóvenes y lozanos sapillos saltaban con bastante gracia y habilidad, Herbert se rezagaba envuelto en un triste espectáculo de torpeza motriz. Sus regordetas patas apenas rozaban el suelo pues su pulposo abdomen elevaba su cuerpo separando sus extremidades de la tierra. Su desplazamiento, que era lento y visualmente lastimoso, iba acompañado de sonoros pujidos y de resoplidos ahogados, reflejando así el descomunal esfuerzo al que nuestro rechoncho amigo se sometía.

Burlas llenas de injurias y mala voluntad lo rodeaban sin embargo él no entendía el alboroto que los demás hacían entorno a su gordura. Sí, Herbert en ocasiones se veía reflejado en el agua para apreciar su físico y sí, él se sabía mofletudo y con excepcional sobrepeso, pero… ¿Por qué las burlas? se preguntaba a sí mismo. Desde su punto de vista su cuerpo era extraordinario y artístico. Él vivía cómodo en su adiposa opulencia. Su padre y madre, Bastiano y Gilberta, sufrían constante vergüenza al ver cómo su hijo Herbert vivía a la sombra del resto de los sapillos. La mayoría de ellos era ágil, esbelta, elocuente y bien vista por los mayores.

Un día Gilberta, resuelta a despertar alguna gracia en Herbert, lo convenció a que se uniera al Coro Juvenil del Estanque. El primer día de ensayo el maestro realizó evaluaciones individuales para apreciar la voz de cada uno de sus alumnos y les pidió que croaran para él. .

El primer sapillo se preparó y se escuchó un muy armónico: ¡Croaaaa!
Y el maestro: Muy bien, el que sigue
El segundo alumno llegó y: Croooaaaaa!
-Excelente, el que sigue.-
El tercero: Crocrocrocroaaaaaaaaaaa!
- Sublime, simplemente sublime, el siguiente.-
Y llegó Herbert: Buuurp………….coff….
-¿Qué fue eso? Otra vez por favor.-
Una vez más pero con mayor intensidad Herbert: ¡Buuuurrp!
- ¡Jajajajajaja, pero qué es esto! ¡Tu voz es gorda y desgraciada jajaja! -

Maestro y pupilos comenzaron a reírse de nuestro amigo con estruendoso escándalo. Le llovieron insultos de todo tipo y Herbert, sin inmutarse y con enorme apacibilidad, inició su lento y batallado retiro haciendo una variedad de sonidos extraños debido al esfuerzo.


Al día siguiente mientras Herbert se paseaba por el centro del estanque, vio una multitud de sapos que escuchaba hablar al Alcalde y al Sumo Sapo Sacerdote. Hablaban sobre la crisis de lluvia que azotaba a la comunidad. El Alcalde se mostraba nervioso ante los reclamos de la muchedumbre por la falta de comida. En eso intervino el Sumo Sapo Sacerdote y aclaró que éste era un castigo celestial por la degeneración que comenzaba a abundar en el estanque.

-Nuestra sociedad ha tocado fondo, nos hemos rodeado de la más impúdica inmoralidad y prueba clara de ello es.… -

Y justo cuando el Sapo Sacerdote se preparaba para enumerar una serie de faltas que él consideraba abundaban en la población, Herbert soltó un escandaloso eructo que fue acompañado por una flatulencia estrepitosa y maloliente. La multitud se alejó de nuestro amigo alarmada e impresionada por aquélla demostración de mal gusto y descontrol digestivo. Todos los sapos presentes comenzaron a observarlo con recelo y a murmurar sin quitarle la vista. Herbert se incomodó y se retiró con lentitud e impericia.

Pasaron los días y mientras otros sapos ganaban competencias de saltos, carreras de corta y larga distancia, concursos de oratoria y composición musical, Herbert lustraba su panza restregándola contra coloridos nenúfares que recolectaba del estanque. Disfrutaba del sol de la tarde descansando boca arriba sobre grandes rocas que se iban perdiendo de vista conforme Herbert iba esparciendo sus libres carnes. Y mientras los rayos de luz acariciaban su gordura, algunas mariposas posaban sobre su ostentosa barriga causándole un dulce cosquilleo. En ocasiones un par de gorriones volaban a su alrededor y le lanzaban en señal de amistad un par de moscas muertas dentro de su enorme boca, la cual siempre mantenía abierta al asolearse. Ya cuando se acercaba la noche, Herbert se zambullía en el agua y se iba flotando a su casa, donde a la hora de la cena, lo esperaba la familia.

Herbert se acomodó en el comedor, ahí estaban su padre Bastiano y su madre Gilberta . Herbert comía sus alimentos lentamente cuando notó las miradas fijas de sus familiares en él.

-¿Qué pasa?- les cuestionó
-Hijo, la comunidad del estanque está consternada- habló su padre – Como verás, últimamente las lluvias han escaseado y como consecuencia el alimento también. Varios vecinos hablan y como no comprenden tu gordura buscan culparte por esta crisis.
-¿Pero por qué yo?- respondió Herbert con comida en la boca
- Sucede que tu cuerpo es tan inusual que muchos sapos del sector te tienen miedo, creen que no eres un sapo sino un demonio verde y ya hasta han creado mitos sobre ti. Dicen que desde que naciste la comida ha perdido su sabor, que entre más engordas menos llueve, que eres una criatura maligna que busca acabar con el estanque. -
Herbert se quedó pensativo masticando.
-Hijo- intervino la madre –Incluso el Sumo Sapo Sacerdote habló en contra tuya en el sermón de hoy, dijo que eras símbolo de decadencia y fuente de desastre, que era inaudita la existencia de un sapo tan anormal e indiferente a las costumbres del estanque. El Alcalde vino hoy a la casa, dijo que mañana serás sometido a juicio público por los crímenes de indecencia, inmoralidad, flatulencia agresiva, obesidad indecorosa y mal agüero.

Herbert tragó su alimento y bajó la mirada. Entendió lo que sucedía y se fue a dormir sin decir palabra.

Apenas salió el sol a la mañana siguiente y la policía del estanque fue por Herbert para llevarlo a la plaza donde se llevaría a cabo el juicio. No cabía un solo sapo más. Había gran expectativa pues la mayoría creía que cuando el juez condenará a Herbert inmediatamente caería la lluvia sobre ellos. Cuando Herbert subió a la tarima ésta comenzó a rechinar sin embargo logró soportarlo. Una frenética algarabía impregnaba el ambiente de morbo y locura. No obstante cuando el Máximo Sapo Juez hizo su aparición el silencio se adueño de la plaza. Éste se puso detrás de un estiloso podio de madera y declaró el juicio iniciado.

-Sapo habitante Herbert, ¿Está usted conciente de los cargos que se le imputan?- dijo el Máximo Sapo Juez con voz severa.
- Sí- respondió Herbert
- ¿Y cómo se declara?
-Inocente
La muchedumbre comenzó a susurrar excitada.
- ¿Dice usted que su obesidad, su indiferencia y su indecoro público no son un amenaza para los habitantes de este estanque?
- Así es
- ¿Y cómo lo justifica?
- Yo no le hago daño a nadie
- Eso es lo que usted dice, sin embargo ¿cómo explica que desde su nacimiento la cantidad y calidad del alimento disponible para la población del estanque ha disminuido al mismo tiempo en que su salvaje gordura aumenta sin cesar?
- Pues eso se debe a la falta de lluvia
-Una falta de lluvia provocada por el mal agüero que su desfachatada obesidad produce. Usted es como una purulenta protuberancia que infecta a nuestra armoniosa y pura sociedad.
-¿Puedo tomar un receso? Tengo hambre.
-¡Calla mazacote insensato! ¿Cómo osas pensar en comida cuando tu vida misma está en juicio?
-No es que piense en comer, sino que siento hambre
-Pues no habrá receso, este juicio seguirá sin interrupciones hasta su final.

Y así pasaron las horas, el Máximo Sapo Juez acusando al hambriento y triste Herbert, y éste, respondiendo con serenidad a todos los cuestionamientos cargados de insultos. Ya cuando el sol amenazaba con ocultarse la panza de Herbert comenzó a gruñir con tal intensidad que el público se espantó pues pensaron que el sapo acusado planeaba lanzarles algún hechizo fulminante. Razón por la cual el juez precipitó su sentencia:

-Sapo habitante Herbert, dado que en toda la tarde usted no pudo probar su inocencia, queda declarado culpable de todos los cargos que se le acusaron previamente y además me tomaré la libertad de agregarle otro par de delitos: hediondez agravada y terrorismo auditivo. Su sentencia será ser enterrado vivo en la profundidad del estanque, en aquélla profundidad donde enterramos todo lo que representa una amenaza para la gente moral y pundonorosa. La excavación del pozo al cual usted será arrojado para luego ser sepultado se iniciará hoy mismo. Mientras tanto, usted permanecerá encadenado a la Gran Roca en espera de su condena. Caso cerrado

La muchedumbre aplaudió con histeria la decisión del Máximo Sapo Juez y los guardias llevaron a Herbert a la Gran Roca, que no era más que un pedrusco grisáceo cuya punta se alzaba sobre el agua del estanque. Así que nuestro amigo permaneció ahí encadenado por toda la noche. Esa misma noche, papá Bastiano y mamá Gilberta emigraron del estanque con el corazón roto debido a la condena brutal que sentenciaron sobre su hijo. La movilización para la excavación del pozo donde sepultarían a Herbert fue impresionante. Cientos de sapos trabajadores cavaban sin descanso a toda hora de la noche pues les urgía deshacerse de aquélla criatura de mal agüero.

Los ávidos excavadores siguieron ahondando el pozo del castigo hasta que para su sorpresa notaron que lentamente se formaba un pequeño y delgado remolino. Asombrados voltearon a verse y se dieron cuenta que el agua del estanque se estaba fugando por una pequeña grieta que estaba en el fondo del pozo. Bajo el estanque había una enorme cuerva que comenzaba a absorber el agua.

Muy asustados intentaron tapar la pequeña grieta con tierra mojada pero era muy tarde ya, la grieta se abrió, se hizo enorme y se formó un monstruoso agujero que comenzó a succionar toda el agua del estanque junto con su población. Herbert, que en esos momentos dormía sobre la Gran Roca, despertó y vio como toda el agua junto con los sapos habitantes iban desapareciendo bajo la voracidad de lo que ahora era un gigantesco remolino. Minutos después no quedaba ni agua, ni sapos ni estanque en el lugar, solo una gran roca sobre la cual yacía un asombrado y obeso sapo.

Herbert dio fuertes tirones y se liberó de sus cadenas. Vio el desastre a sus alrededores y dio un grave suspiro al cual le siguieron un par de eructos y olorosas ventosidades. Lentamente bajó de la roca y comenzó la búsqueda de un estanque nuevo. Un estanque donde aprecien la caprichosa rotundidad de su barriga y la armonía interminable de su ventoseo.

FIN

4/18/2006

Las Porcinas aventuras de Regulo y Anacleto



Las Porcinas aventuras de Regulo y Anacleto



Capítulo 1: Regulo Villalpando

Los primeros días que entré a trabajar a Policía de Tránsito todos me daban de zapes y se burlaban de mi. Me pendejeaba toda la raza, en especial el capitán.
Me decía: -¡Regulo! Me cae que eres el pelado más pendejo que mis jodidos ojos han visto, hoy te toca trapear, ni madres que haces rondas-.
-Pero ¿por qué mi capi? Yo quiero salir a patrullear
-Pero no saldrás, tas muy nalga, nunca me traes mi cuota, y eso que te mando a lugares bien cargados de billetes.

Al principio yo no entendía nada de eso de las cuotas. Yo me inscribí a Policía de Tránsito correctamente, digo, como todos le hacen, pagándole 15 mil pesos al capitán. A mi me costaron mucho esos pesitos. Diez años de taxista. Ahorrar está canijo. Digo, en este país que tiene una economía tan jodida es muy difícil que te rinda la lana porque hay muchos gastos. Que las caguamas, que los tequilazos, que El Rancho Loco, que hay otro teibol nuevo, que los cigarros, que juegan Los Tigres, que vamos al congal de “La Huaracha”, que los pañales del bebe, que la despensa con la que tanto me friega mi vieja, que hay que pagar el agua. Lo bueno es que no pago la luz porque me cuelgo del vecino jajaja, el pendejo no se da cuenta. En fin, lo bueno es que tengo una voluntad de acero y luego de hacer grandes sacrificios comprando menos despensa y reciclando los pañales desechables del bebe (descubrí que un buen pañal aguanta hasta cinco usadas) pude en diez años ahorrar mi dinerito. Bueno, también tuve que robar un par de estéreos pero no le hace, lo logré. Aguante muchos gritos de mi vieja:
-¡Puerco cabrón! ¡Dame pa comprar más comida, me gruñe la panza! Faltan pañales, el bebe anda bien rosado, tiene las nalgas escaldadas.-

Y yo: -Sacrificios mi amor, si queremos vivir mejor hay que hacer sacrificios.-
Pero ella no entendía, así que mejor me iba con el compadre Anacleto a darle una visita a “La Huaracha”.

Con el tiempo fui agarrando callo. El capitán un día por fin me ubicó en las zonas escolares. Aprendí que el truco no era detener a los carros que iban rápido sino a los que se veían que eran de gente billetuda. A ésos los mareaba un rato con la ley de vialidad en zonas escolares hasta que les sacaba mis veinte o cincuenta pesillos “pa las cocas”. En un buen día sacaba 2000 pesos. Entendí que el capitán exigía cuotas de lo que uno saca en las rondas, así que le tenía que dar la mitad de lo que ganaba. Poco a poco empecé a ganar más y más y le empecé a caer mejor al capitán.

-¡Muy bien pinche Regulo! Te estás volviendo el oficial más capaz de la fuerza- me dijo con gran excitación el capitán – Tu ya estás listo para que te ubique en la zona de bares y discotecas. Ahí sí te debes de cuajar, serás como un hambriento pececillo en el agua- Y a partir de entonces trabajo en esa zona. Ahora sí que gano lana. El truco es cazar a la bola de huercos borrachos que salen de los antros esos y decirles: - No joven, usted sí se echó varias cheves, orita le voy a traer a la grúa para que se lleven su carro, le va salir en una fortuna pero ni modo, la seguridad suya y la de los ciudadanos es lo más importante, no puede manejar en esas condiciones.- Les digo la misma frase pero de veinte maneras diferentes hasta que por fin veo como la resignación empieza a reflejarse en sus caras y me dicen: -Bueno, ¿cuánto va a ser oficial?-. Cuando eso sucede, cuando finalmente escucho esa frasecilla tintinear en mis oídos, se me acelera el corazón y me cuesta mucho trabajo contener la salivación. Les pido que me pongan el dinero debajo de su licencia de conducir, yo finjo tomar datos y me guardo los dulces billetes en mi bolsillo. Qué felicidad. Me siento tan capaz e importante, porque soy capaz e importante, al contrario de lo que me dice mi vieja: - Eres un puerco mañoso, ganas un lanal y nos tienes igual de jodidos a mí y a tus hijos, te la pasas borracho con tus güilas, a ellas les das todo y a nosotros nada.-

Es una malagradecida. Luego de tanto sacrificio que he hecho y me sale con eso. Por eso prefiero irme con el compadre Anacleto a pistear y a congalear, eso sí es vida, no los gritos de: - ¡Dinero para despensa, dinero para pañales, dinero para las libretas de la escuela!-


Capítulo 2: Anacleto Guadarrama

Soy la persona más chingona de toda la ciudad. Y lo digo porque lo sé. Soy una poderosa autoridad, infundo respeto. Soy el mejor granadero de la Policía. A chingazos me abrí pasos por la vida y por eso soy tan chingón. Antes, cuando jalaba en el negocio de mi padre nomás andaba de mandadero. – Anacleto vete pa allá, Anacleto trae eso para acá, no seas huevón, ponte a jalar huerco marrano, estás todo gordo, ya no tragues tanto- Nunca me apreció, mi viejo me tenía envidia, podía ver mi enorme potencial y por eso para molestarme comenzó a utilizar ese pinche sonido de cerdo cada vez que me hablaba: - oink oink Anacleto, es hora de trabajar, oink oink Anacleto, bájale a las donas-. No soportaba esa vida donde no se me daba el respeto que merecía, así que decidí ingresar a la Policía.

Desde que entré supe que ese trabajo era para mí. Al inicio, me asignaban las zonas más jodidas de la ciudad, llena de pandillas y balazos. Llegábamos en la granadera y nos recibían a pedradas y luego empezaba a escucharse el sonido de las balas. Mis compañeros se asustaban, yo lo podía notar en sus rostros, pero yo no. Yo me imaginaba que cada uno de esos cabrones empistolados eran mi padre, y que todos me decían: Oink oink Anacleto, eres un marrano.- Al hacer eso, una enorme furia se apoderaba de mí y yo terminaba sometiendo a esa bola de truhanes. Con el tiempo, el sargento notó mi enorme capacidad y me reasignó a la zona de la gente rica. Me dijo: -Mira Anacleto, aquí el truco es buscar fiestas de huercos caga-lana, no los golpees, nomás trépalos a la granadera y sácales billetes. De lo que saques, te mochas con la mitad pa mí, sale?- Y yo pos acepté.

Comencé a caerles de sorpresa a las fiestas de esos pinches huercos popis, los trepaba de las greñas a la granadera, les gritaba en su cara asustada, algunos hasta chillaban. Si tenían lana ahí mero los bajaba, si no, me los llevaba a la delegación pa que allá le paguen su salida. Qué risa me da la cara de pendejos que ponen y cuando me preguntan: -¿Pero por qué me arresta oficial?- Me dan ganas de decirles que los trepó por ser pendejos y caga-lanas pero les digo: -Falta Administrativa- Jajaja, falta administrativa, ni sé qué chingados es eso, pero con esas dos palabras jala este negocio. Me gusta mi trabajo, me gusta arrestar pendejitos millonarios, me gusta la billetiza que saco pero lo que más me gusta es el respeto que me tienen, soy una poderosa autoridad.

Es un respeto que me gusta festejarlo con mi compadre Regulo. Juntos pisteamos y él me cuenta de cómo su vieja lo maltrata y yo le digo:-Aprende a mí, yo soy libre como un pájaro, pa qué quiero una vieja, mejor tener muchas, mejor caerle a “La Huaracha”- Yo le enseño a cómo hacerse respetar por su esposa, por sus compañeros. Regulo es muy inteligente porque desde que me conoce él presintió mi enorme autoridad y siempre me ha respetado. Le digo que juntos podemos volvernos los dueños de la ciudad.


Capítulo 3: Plática en el criadero

- Mire cómo fuimos a parar compadre Regulo, todos enlodados y malolientes
- Te dije Anacleto cabrón, que le bajaras a la velocidad, que está lloviendo muy fuerte, que estás muy tomado pero no me hiciste caso. ¡Ay! Creo que me rompí una costilla
- Carajo, ¿Ahora qué voy a hacer? Mira cómo quedó la granadera, toda abollada y con los vidrios rotos.
- Y volcada. ¡Ay mi costilla!
- ¡Y por qué chingados no deja de llover! Mire, estamos rodeados de pinches puercos, nos vinimos a volcar en un jodido criadero de cerdos. ¡Pero que olor a mierda tan duro!
- Pos yo te dije. Te dije que no era bueno agarrar el pedo en la granadera y no mi hiciste caso. Te dije que no persiguiéramos a esos pinches huercos que iban en el Corvette y no me hiciste caso. Te dije: - Ya déjalos ir, ya agarraron carretera y está muy dura la lluvia- Y no me hiciste caso.
-¿Pos qué esperaba compadre? ¿No oyó lo que esos mocosos nos gritaron? Nos gritaron puercos. Nos gritaron que olíamos a tocino.
- Sí oí compadre pero era pa que te aguantaras. Ahora mira cómo acabamos. Rodeados de marranos. Hasta parece chiste.
- Carajo, se me cayeron dos dientes, los de mero adelante, voy a parecer pendejo. ¡Chingado me van a correr del jale! Volqué la pinche granadera estando todo borracho. ¡Y estos pinches marranos arrimados que ya se larguen!
- Pos a usted lo van a correr de su trabajo compadre, pero a mí ya me corrieron de la casa.
- ¿Pero cómo compadre?
- Pos anoche mi vieja me sacó a sartenazos. Yo llegué como casi todas las noches en la madrugada después de echarme mis cervecitas. Entré a la casa y me resbalé con unas canicas que estaban regadas en el suelo. Así que me encabroné y la desperté a gritos y por ahí se me fueron dos que tres cachetadas. Ella se puso a chillar, se enojó y que agarra la sartén y me empieza a surtir a diestra y siniestra: -Cabrón, borracho, puerco, sinvergüenza-. Y me sacó a patadas y caí casi desmayado afuera de la casa.
- No puede ser compadre, qué mal está eso. ¡ Y estos marranos cabrones que no dejan de arrimarse, los voy a gasear si siguen jodiendo!
- Tranquilo compadre, tienen curiosidad, a lo mejor hasta quieren ayudarnos, yo como que ya les estoy agarrando cariño. ¿Usted cree que ellos sepan que estamos en aprietos?
- No sé y me vale madres, yo nomás quiero que me dejen de gruñir en mi oído y restregarme sus pinches narices en el cuello. No me dejan pensar.
- No sé compadre, talvez sea que me pegué muy duro en la cabeza pero de cierta manera siento que estos animalitos nos comprenden y creo que hasta cierto punto yo los comprendo a ellos.
- ¿A los cerdos?
- Sí
- Chingado compadre. Estamos metidos en un lío y usted se pone a amistarse con los puercos.
- ¡Es que mire qué simpáticos son! Ellos no son como mi esposa que me corre de la casa, ni como el capitán que me regaña cuando no junto la cuota que él desea, ni como su padre que tanto lo molesta, ni como la bola de huercos y pandilleros con quienes usted batalla a diario. Los cerdos son amistosos.
- Tiene razón compadre. Este mundo está mal. Hay días en que me levanto y creo que la moralidad ha desaparecido de este planeta. Somos muy pocos los que tenemos la conciencia limpia compadre.
- Y estos cerdos también tienen la conciencia limpia. Míralos, qué despreocupados se ven. Se revuelcan en el fango fresco con tanta libertad que hasta a mí se me antoja.
- Jajá. Ya lo sé. Qué libres se ven. Creo que yo me daré mi revolcadita en el lodo antes de que lleguen las ambulancias compadre. Con permiso.

FIN.